Este blog es un lugar para dar a conocer pequeños detalles de la Historia, englobando campos muy diversos, pero a la vez relacionados entre sí.Exponer de acuerdo con determinados principios y métodos, los acontecimientos y hechos que pertenecen al tiempo pasado.

sábado, 13 de febrero de 2016

4 de julio de 1187: Los Cuernos de Hattin.


Si ha existido una batalla que haya permanecido en la memoria, y al mismo tiempo haya compartido protagonismo con la Orden del Temple, esa no es  otra que  la de los Cuernos de Hattin.

Saladino lograba  el 4 de julio de 1187, vencer a uno de los ejércitos más numerosos jamás convocado por el Reino de Jerusalén. Desde luego la consecuencia de esta derrota fue una tragedia para los estados cruzados de Tierra Santa, ya que el Reino de Jerusalén se encontró totalmente indefenso ante las acometidas de las huestes musulmanas. A consecuencia de ello,  Saladino conseguía conquistar Jerusalén apenas  tres meses después de la fatídica derrota de Hattin.

En cuanto a lo que se refiere al número de efectivos que entraron en batalla, como suele ocurrir, se barajan  números totalmente descabellados.  Sirva como ejemplo la carta enviada a Archumbald[1], maestre del Hospital  en Italia, donde se cuenta que las tropas cristianas alcanzaban los 30.000 efectivos, mientras que las huestes de Saladino estaban formadas por nada menos que  80.000 hombres. Ciertamente estos números son difíciles de creer.

El manuscrito del cisterciense inglés Ralph de Coggeshall[2] (¿-1227), habla de “innumerables turcopoles” cuando describe la caballería ligera cruzada, sin embargo, sí da un número concreto cuando habla del número de caballeros, 1200, aunque si es cierto que no sabemos si en esta cifra estaba reflejado el pequeño séquito que acompañaba a cada uno de ellos, es decir, sargentos y hombres de armas. Se estima que el número de turcopoles sería de aproximadamente 1000 efectivos. En lo referente a la infantería cruzada se especula sobre la cifra de 18.000 hombres,  por lo que si sumamos estas cifras nos dan como resultado que el ejército cruzado estaría compuesto por unos 20.000 efectivos.






En cuanto al ejército ayubí, francamente es difícil dar un número fiable. Las tropas de Saladino estaban compuestas por caballería pesada formada por mamelucos y egipcios, caballería ligera, compuesta por turcomanos y bereberes, infantería, lanceros y mercenarios armenios, sirios, kurdos y del valle del Tigris,  arqueros nubios, y milicias de voluntarios árabes. Aun así, el número de 80.000 hombres es totalmente desmesurado. Si tenemos en cuenta que según la mayoría de crónicas, al final de la contienda las tropas de Saladino rodearon a las tropas cruzadas, y teniendo en cuenta el posible número de bajas en este bando, gran parte de historiadores e investigadores se decantan por decir que el ejército musulmán estaría compuesto por alrededor de algo más  30.000 hombres.

Pero para entender el alcance que tuvo la batalla de Hattin, lo mejor es que retrocedamos unos años atrás. El 16 de marzo de 1185, a la temprana edad de 24 años,  moría Balduino IV, conocido como "el rey Leproso", hijo de Amalarico I de Jerusalen e Ines de Courtenay. La enfermedad degenerativa que padecía y que le obligaba a cubrir su rostro con una máscara metálica, acababa con la vida de un monarca, que aunque joven, poseía unas cualidades innatas que le hacían ser incluso admirado por el propio Saladino.

A su muerte, pronto comenzaron las intrigas por la tutela del nuevo regente, Balduino V, hijo de Sibila, hermana de Balduino IV, y su primer marido Guillermo de Montferrato.

Guido de Lusignan, marido de Sibilia por una parte, y Raimundo III, conde de Trípoli  por otra, comenzaron sus disputas y tensiones para conseguir el poder, tensiones y disputas que en muchos casos tuvieron que ser moderadas por los maestres del Temple y Hospital.

Finalmente, fue Raimundo III quien ejerció como regente del joven Balduino V, quien enfermo desde   prácticamente su  nacimiento, murió en 1186.

De nuevo quedaba desierto el trono de Jerusalén. Aunque Sibila podría haberlo reivindicado para sí, se decidió que la sucesión sería elegida por un consejo en el que participarían el rey de Inglaterra, Enrique II,  el rey de Francia, Felipe II,  y el emperador del Sacro Imperio, Federico I. Lamentablemente esta decisión nunca se llevó a cabo.




Sibila fue coronada reina de Jerusalén ese mismo año  por el Patriarca Heraclio, aunque sí es cierto que tuvo que cumplir con el requisito impuesto por los opositores a su coronación: la anulación de su matrimonio con Guido de Lusignan, siendo libre para elegir un nuevo esposo.  Sin embargo, y ante la mirada atónita de unos y otros, Sibila, tras su coronación, eligió de nuevo a Lusignan como su esposo, renunciando a la corona y cediendosela a Guido. El mastre hospitalario, Fr. Rugerio de Molins, se mostró en todo momento contrario a esta coronación, mientras que por el contrario, Gerard de Ridefort, maestre de la Orden del Temple dió su incondicional apoyo a Guido.

Uno de los grandes apoyos para la coronación de Sibila fue Reinaldo de Chatillon, un caballero francés llegado a Tierra Santa arrastrado por el espíritu aventurero y religioso de las Cruzadas, quien fue liberado por Balduino IV trás haber sido hecho prisionero por los musulmanes en el año 1160. Tras su liberación, Reinaldo de Chatillon recibió de manos de Balduino IV las fortalezas de Montreal y de Kerak, las cuales controlaban las rutas de caravanas entre Siria y Egipto.

A pesar del pacto firmado entre  Balduino IV y Saladino por el cual se mantenía la paz entre los estados cristianos y el reino del Sultán, Reinaldo de Chatillon siguió hostigando y atacando las caravanas que pasaban por sus territorios, por lo que Saladino exigió a Balduino, que respetando el pacto firmado, castigara a Reinaldo. Balduino se vió incapaz de controlar a Reinaldo, mientras este, afirmaba que el era el señor de sus tierras  y que no había firmado ningún pacto con Saladino. Nuevamente se iniciaban las hostilidades entre cristianos y musulmanes.

Tras la muerte de Balduino V y las insistentes acometidas de Reinaldo contra las caravanas árabes, por otra parte toleradas por Guido de Lusignan, Saladino invadió el Reino de Jerusalen, poniendo sitio a la ciudad de Tiberíades. Unos días antes, e1  1 de mayo, Saladino  aniquilaba  las tropas cristianas al mando de Gerard de Ridefort en la desgraciada e inútil batalla de Seforia, cerca de Nazaret[3].

"Atemorizados por esta derrota, los frany le enviaron a Raimundo a su patriarca, sus sacerdotes y sus monjes, así como ha gran número de caballeros y le reprocharon  amargamente su alianza con Salah al-Din. Le dijeron: "Ciertamente te has convertido al Islam, si no no habrías podido soportar lo que acaba de suceder. No habrías soportado que los musulmanes pasaran por tu territorio, que mataran a los templarios y hospitalarios y que se retiraran llevando prisioneros sin que tú intentaras oponerte a ello." Los propios soldados del conde, los de Trípoli y de Tiberíades, le hicieron los mismos reproches y el patriarca lo amenzó con excomulgarlo y anular su matrimonio. Raimundo, sometido a tales presiones, se asustó, se disculpo y se arrepintió.  Lo perdonaron, se reconciliaron con él y le pidieron que pusiera sus tropas a disposición del rey y participara en el combate contra los musulmanes. Partió, pues, el conde con ellos. Los frany reunieron entonces a sus tropas, jinetes e infantes, cerca de Acre, y luego se encaminaron despacio hacia la aldea de Saffuriya"[4].

De esta manera narra el cronista Ibn al-Atir[5] (1160-1233), autor de "La Historia Perfecta" (Al-Kamel fit-Tarij) la reacción cristiana a la matanza de Seforia. Desde luego la derrota de templarios y hospitalarios levantó los ánimos de los musulmanes. La temida y respetada Orden del Temple había caido bajo el filo del acero musulmán. Saladino decidió entonces dirigirse hacia Tiberíades para sitiarla.

La intención de Saladino al sitiar Tiberíades no era otra que la de atraer a las tropas cruzadas a un terreno favorable  donde poder desplegar su estrategia.  En ese momento se encontaba a la cabeza de la ciudad Echive, esposa de Raimundo de Trípoli, quien al ver las tropas sarracenas bajo los muros de la ciudad, envió mensajeros a su esposo y al rey Guido para que acudieran en su ayuda. Poca resistencia encontraron estos mensajeros para poder cruzar las lineas enemigas, ya que esta y no otra era la intención de Saladino, que los mensajeros llegaran sanos y salvos a su destino.

El 2 de julio, los principales líderes cristianos eran reunídos en consejo por el rey Guido en Seforia. Era evidente que debían de actuar. La condesa de Trípoli,  con apenas un puñado de soldados,  resistía los últimos envites de las tropas musulmanas. Aunque las palabras de los mensajeros  enviados por Echive  llegaron a emocionar a los príncipes cristianos Raimundo optó por dejar caer Tiberíades, aun a sabiendas que su mujer no podría resistir por mucho tiempo. Sus argumentos son totalmente válidos y lógicos:

Durante el  camino a Tiberíades, aunque relativamente corto, deberían sufrir las altas temperaturas, la escasez de sombras, y la falta total de agua. Era mejor esperar a que el ejército de Saladino, agotado por la sed y el hambre, acabara  desmotivándose y abandonando  sus posiciones. Entonces sería el momento propicio para atacar.  Era mejor sacrificar su ciudad y su familia que perder Tierra Santa. Practicamente la totalidad de los reunidos aceptó la idea del conde de Trípoli. Parecía que habían adivinado la jugada maestra de Saladino. 

Sin embargo, y encontra de todo lo que se podía esperar, finalmente las tropas cristianas marcharon al norte, a Tiberíades. Gerard de Ridefort, maestre de la Orden del Temple, apoyado por Reinaldo de Chatillon,  en contra de la opinión del consejo, decidió dirigirse hacia Tiberíades, lo cual conducía a las tropas cristianas a una muerte segura. Al marchar al norte, los cristianos se alejaban de todo suministro de agua posible, mermando así las posibilidades de entrar en batalla con Salah al-Din en las condiciones deseadas.




¿Pero por qué el maestre templario decidió marchar hacia Tiberíades? ¿Por qué decidió caminar a sabiendas a una muerte casi segura? ¿Tan fáciles fueron de convencer el resto de barones cristianos?

Desde luego las relaciones entre el conde de Trípoli y Gerard de Ridefort no eran muy cordiales. Enfrentados desde el momento en el que  Raimundo decidió casar a Lucía de Botrun, heredera de Guillermo Dorel, señor de Botrun, y por otra parte prometida a Gerard de Ridefort por Raimundo,  con Plivain,  un rico comerciante piasno,  ambos personajes se convirtieron en enemigos acérrimos.

¿Por qué entonces Gerard de Ridefort, junto con el rey de Jerusalén y el resto de nobles cruzados decide acudir a la llamada de socorro de la mujer de uno de sus peores enemígos?

La opinión más extendida habla de venganza. Gerard de Ridefort no pudo olvidar de ninguna de las maneras la derrota sufrida días antes en Seforia, y quería volver a encontrarse con Saladino lo antes posible. Sin embargo, este era el motivo y deseo de una sola persona, Gerard de Ridefort. El resto de cruzados había decidido en consejo no acudir a Tiberíades. ¿Que fue lo que pasó entonces?

Sobre esta cuestión, el historiador Ignacio de la Torre, nos da otra posible hipótesis de este porqué y que es probable  que después de lo antes expuesto, cobre aún más fuerza: El honor. 

Desde luego, tal y como afirma de la Torre, "para juzgar acciones del siglo XII corresponde entender la mentalidad de aquel tiempo", y desde luego el honor tenía un peso específico dentro de la sociedad medieval. Quizás el honor de salvar a una dama cercada y sitiada por tropas musulmanas,  venció  a la lógica, a la cautela y a la sensatez.  "No había otra opción para la reputación del ejército y de sus caballeros. Por la misma razón 299 templarios y hospitalarios prefirieron la muerte a la traición que significaba la apostasía."[6]

Según  sigue contando  el cronista Ibn al-Atir:

"Cuando los frany se enteraron de que Salah al-Din había incendiado y ocupado Tiberíades, celebraron un consejo. Algunos propusieron ir al encuentro de los musulmanes  para combatir contra ellos e impedir que se apoderasen de la ciudadela, pero Raimundo intervino: "Tiberíades es mia -les dijo- y es mi propia esposas la que está sitiada. Pero estoy dispuesto a aceptar que tomen la ciudadela y capturen a mi esposa si ahí se detiene la ofensiva de Saladino. Evitemos, pues, medir nuestras fuerzas con él. Siempre podremos recuperar Tiberíades más adelante y pagar un rescate para liberar a los nuestros." Pero el príncipe Arnat, señor de Kerak, le dijo: "Intentas asustarnos al describirnos las fuerzas de los musulmanes porque los quieres y prefieres de su amistad, de otro modo no pronunciarías semejantes palabras. Y, si me dices que son muchos, yo te contesto: el fuego no se deja impresionar por la cantidad de leña que tiene que quemar." El conde dijo entonces: "Soy uno de vosotros, haré lo que queráis, pelearé a vuestro lado , pero ya veréis lo que va a pasar."[7]

Fuera cual fuera la causa que motivó la marcha hacia Tiberíades, el 3 de julio, al alba, el rey Guido ordenaba levantar el campamento y comenzar la expedición.

La distancia a recorrer por el ejército cruzado,  no era excesiva, aproximadamente 4 horas de viaje a buen paso, sin embargo, el calor, la fatiga, la falta de agua y el hostigamiento continuado de la caballería ligera musulmana, hizo que el viaje hacia Tiberíades se convirtiera para las tropas cristianas en un auténtico infierno. La caballería, situada en el centro de la formación, se encontraba en todo momento protegida por la infantería, que intentaba por todos los medios protegerse de la incesante lluvia de flechas a la que eran sometidos por la caballería turcomana dirigida por Muzafar al-Din.

Pero no solo los cronistas musulmanes recogían estos  acontecimientos. Ernoul, secretario de Balian de Ibelin, también recoge los hechos de esta importante derrota  en su crónica, la cual es una continuación en francés antiguo de la crónica de Guillermo de Tiro:


"El rey Guido y el resto de nobles dejaron atrás Seforia para ir en ayuda de Tiberíades. Tan pronto como dejaron atrás las fuentes de agua, Saladino se adelantó y mandó a sus tropas que les  hostigaran desde la mañana hasta el mediodía. El calor era enorme, y era imposible alcanzar los manantiales de agua. El rey y sus hombres, fueron desorganizados, sin saber como actuar. No podían volver atrás, ya que las pérdidas habrían sido demasiado grandes. Mandó entonces al conde de Trípoli, que encabezaba la vanguardia, un mensajero pidiendo consejo. El mensajero volvió diciendo que debían acampar y plantar su tienda. El rey aceptó con mucho gusto este mal consejo, aunque cuando le dió buenos consejos nunca los aceptó. Algunos cruzados dijeron que si los cristianos hubieran seguido los buenos consejos, Saladino habría sido derrotado."[8]

Ya bien entrada la tarde, las tropas cristianas todavía no habían alcanzado su deseado objetivo,  y el intentar cruzar las áridas tierras de Galilea sin una buena reserva de agua les estaba empezando a  pasar factura. El lago de Tiberíades se encontraba a  escasos 8 kilómetros  de las tropas cristianas, pero entre ellos y el preciado líquido, se encontraba Saladino.  Aconsejados por el maestre templario, decidían acampar en el conocido como Casal de Marescalcia, donde esperaban encontrar algunas  fuentes de agua; sin embargo y como era de esperar, los pozos estaban totalmente secos.  La suerte estaba echada.

Ya entrada la noche y acampados cerca de los dos picachos conocidos como los Cuernos de Hattin, los cruzados eran alcanzados y rodeados por los musulmanes.

Los arqueros montados dirigidos por Muzafar al-Din, atosigaban nuevamente a la retaguardia cristiana, al frente de la cual se encontraba Balian de Ibelin junto al maestre templario, Gerard de Ridefort.  Por otro lado,  Taki al-Din, sobrino de Saladino, cortaba el paso de los cruzados hacia la aldea de Hattin. Liderando la vanguardia de las tropas cruzadas se encontraba el Conde Raimundo de Trípoli, mientras que  en el centro del ejército se encontraban los príncipes y barones cristianos, entre ellos Reinaldo de Chatillón,  junto al rey Guido y al obispo de Acre, quien portaba  la reliquia de la Santa Cruz.

Los cristianos, cansados, agotados y hostigados, no tuvieron más remedio que intentar descansar totalmente pertrechados, mientras que la sed, se convertía en uno de sus peores enemigos.

Ernoul, sigue relatando en su crónica de que manera empezaba el principio del fin para las tropas cruzadas:

"Tan pronto los cristianos hicieron campamento, Saladino ordenó a sus hombres que recolectaran maleza, hierba seca, rastrojos y cualquier cosa que pudiera utilizarse para incendiar y hostigar a los cristianos. Esta orden se llevó acabo en su totalidad. A la mañana siguiente, temprano, se ordenó que se iniciara el fuego. Esto se hizo rápidamente. La maleza ardió vigorosamente, haciendo una gran cantidad de humo Esto, junto con el calor del sol, provocó daños considerables a los cristianos. Saladino, había mandado que  una caravana de camellos cargaran barriles de agua del lago de Tiberiades, colocándolas cerca del campamento. Entonces los criados las vaciaron ante la mirada de los cristianos, para que ellos y sus caballos sufrieran mayor angustia a través de la sed. Algo extraño ocurrió en el campamento cristiano el día que acamparon en las cercanías de Seforia. Los caballos se negaron a beber agua por la noche y después por la mañana, por lo que debido a su sed fallaron a los cristianos cuando más los necesitaban."[9]

Al amanecer,   la única alternativa de las tropas cristianas era realizar una carga de caballería para intentar romper las filas musulmanas que les separaban del agua.  El conde Raimundo de Trípoli  junto con algunos nobles y las tropas templarias, se lanzaban al ataque intentando romper así el cerco enemigo. Desde luego la carga templaria tuvo que ser imponente. Al ver  la carga de la caballería pesada cristiana,  las tropas  al mando de Taki al-Din abrió sus filas, dejando pasar al conde Raimundo y a Balian de Ibelin junto con algunos nobles más. Rápidamente, los musulmanes volvieron a cerrar sus filas.



"Tras la marcha del conde, los frany estuvieron a punto de capitular. Los musulmanes  habían prendido fuego a la hierba seca y el viento echaba el humo a los ojos de la caballería. Atenazados por la sed, las llamas, el humo, el calor del verano y el ardor del combate, los frany no podían más. Pero se dijeron que no podrían escapar a la muerte más que enfrentándose a ella. Lanzaron entonces ataques tan violentos que los musulmanes estuvieron a punto de retroceder. Sin embargo, en cada asalto  los frany sufrían pérdidas y su número iba disminuyendo. Los musulmanes se apoderaron de la verdadera Cruz. Esto fue para los frany la peor de las pérdidas pues en ella, según dicen, crucificaron al Mesías, la paz sea con él.[10]
 (Ibn al-Atir)."

Los templarios, cercados nuevamente, junto con el resto de caballería cristiana cargaban sin cesar una y otra vez, mientras que la infantería, la que más había sufrido en la lenta marcha, chocaba sin fuerza y sin aliento contra el duro muro formado por las lanzas y escudos musulmanes. El humo y las llamas prendidas en la ladera de Nimrin  por la infantería, los muttawiya,  terminaba de desorganizar a las tropas cruzadas.

"Cuando los incendios y el humo estaban en su punto más alto, los sarracenos rodearon el campamento cristiano, disparando sus dardos a través del humo, hiriendo y matando a hombres y caballos. Cuando el rey vio el tormento al que estaban sometidos sus hombres, llamó al maestre del Temple y al Príncipe Reynaldo, pidiendo su asesoramiento. Estos aconsejaron presentar batalla a los sarracenos. Ordenó a Aimerico que organizara las divisiones, y lo hizo lo mejor que pudo. El conde de Trípoli, que había liderado la vanguardia a su llegada, llevó a la primera división. En  esta se encontraba  Raimundo, hijo del Príncipe de Antioquia con toda su compañía,  y los cuatro hijos de la señora de Tiberiades.  Balián de Ibelín y el  conde Joscelino componían  la retaguardia. Así es como se organizaron las divisiones y las líneas de batalla. Cinco caballeros de la División del conde de  Trípoli desertaron y fueron  al encuentro de  Saladino y le dijeron, ' Señor, ¿qué está esperando? Ir y tomad a  los cristianos porque están todos derrotados.' Cuando escuchó estas palabras, Saladino ordenó a sus hombres avanzar, y comenzó  a cercar a los cristianos. Cuando el rey vio que Saladino venía contra él, ordenó al conde de Trípoli que tomara el ataque. Era un derecho perteneciente a los barones del Reino que, el Barón en cuyas tierras se desarrollara la batalla condujera  la primera división,  y esta  fuera por delante: al entrar en su tierra llevaba la vanguardia y a la salida  la retaguardia. En consecuencia, Tiberiades era suyo,  y el conde de Trípoli tomó la posición delantera. El Conde y su división cargaron contra  una gran escuadra de sarracenos. Los sarracenos se separaron y abrieron un camino a través de ellos dejándolos  pasar. Entonces, cuando estaban en medio de ellos, cerraron filas. Sólo diez o doce caballeros escaparon. Entre ellos estaban el conde de Trípoli,  Raymond, el hijo del Príncipe de Antioquia y los cuatro hijos de la señora de Tiberiades. Cuando el conde vio que fueron derrotados,  no se atrevió a  entrar a Tiberiades que estaba sólo a dos kilómetros de distancia, pues temía que si Saladino descubría que se había refugiado allí, vendría a llevárselo. Así pues prosiguió camino  y llegó a la ciudad de Tiro.[11]
 (Ernoul)."

Finalmente las posiciones cruzadas son imposibles de sostener, y los últimos supervivientes cruzados consiguen parapetarse en  un pequeño montículo cercano a la aldea de Hattin.  Allí intentan de nuevo montar sus tiendas y reorganizarse.


"Estaba junto a mi padre en la batalla de Hattina, la primera a la que asistí. Cuando el rey de los frany estuvo en la colina, lanzó con sus gentes un feroz ataque que hizo retroceder a nuestras tropas hasta el lugar en que se hallaba mi padre. En aquel momento, yo lo estaba mirando: estaba triste, crispado y se tiraba nerviosamente de la barba. Se adelantó gritando: "¡Satán no debe ganar!". Los musulmanes se lanzaron de nuevo al asalto  de la colina. Cuando vi a los frany retroceder ante el empuje de nuestras tropas, grité de alegría "¡Los hemos derrotado!". Pero mi padre se volvió hacia mí y me dijo: "¡Calla! ¡Hasta que no caiga aquella tienda de allí arriba, no habremos terminado con ellos!" Antes de que hubiera podido terminar la frase, la tienda del rey se vino abajo. El sultán bajó entonces del caballo, se prosternó y dió gracias a Dios llorando de alegría.[12]
(Malik al-Afdal)"

Como podemos apreciar en esta narración de al-Malik al-Afdal, hijo de Salah al-Din, la lucha tuvo que ser encarnizada, y la resistencia cristiana admirable.

"Después de esta derrota, la ira de Dios fue tan grande contra el campamento cristiano debido a sus pecados que Saladino los venció rápidamente: entre la hora tercia y las nonas, ganó todo el campo. Capturó al rey, al maestre del Temple, al Príncipe Reynaldo... y a otros barones y caballeros, los cuales tardaría demasiado en dar sus nombres. La Santa Cruz también se perdió.
Mas tarde, durante el gobierno de Enrique,  Conde de Champaña, quién gobernó el reino de Jerusalén entre 1192 y 1197, un hermano del Temple le dijo que había estado en la gran derrota y que había enterrado la Santa Cruz, y sabía donde se encontraba. Le pidió una escolta y permiso para ir a buscarla. El Conde  le dio  una escolta y su permiso. Fue en secreto y cavaron durante tres noches, pero no encontraron nada. Después regresaron a la ciudad de Acre.
Este desastre que afectó a la cristiandad tuvo lugar en el sitio llamado los cuernos de Hattin, a cuatro millas de Tiberiades, el 4 de julio de 1187. Gobernando la Sede Apostólica de la Iglesia de Roma Urbano III, siendo Federico emperador de Alemania, Felipe, hijo de Luis, rey de Francia,  Enrique, conde de Anjou rey de Inglaterra, e Isaac emperador de Constantinopla. La noticia golpeó los corazones de los fieles de Jesucristo. El Papa Urbano murió de tristeza en Ferrara cuando escuchó la noticia...[13]
(Ernoul)."


El rey Guido  fue capturado en su propia  tienda. Agotado y tendido  en el suelo a causa de la batalla y sobre todo de sed, apenas tuvo fuerzas para entregar su espada al vencedor.

Según Narra Ibn al-Altir, Saladino viéndole muerto de sed, le ofreció una copa de agua de rosas refrescada con nieve del monte Hermón..”


"Saladino abandonó el campo de batalla con regocijo por su gran victoria. En su campamento, hizo que se le presentaran todos los prisioneros cristianos que habían sido tomados. Primero trajeron al rey, al maestre del Temple, al Príncipe Reinaldo, al marqués Guillermo,  Hunfredo  de Torón, Aimerio, Hugo de Jubail, y otros varios caballeros. Cuando los vio todos alineados delante de él, le dijo al rey que era un gran honor el tener en su poder a unos prisioneros tan valiosos.
Luego ordenó que le llevaran jarabe diluido con agua en una copa de oro. Lo probó y se la dio al rey  para que bebiera, y le dijo “Bebed profundamente”. EL rey, que estaba sumamente sediento, bebió y después, entregó la copa al Príncipe Reinaldo, quien también bebió. Cuando Saladino vio que entregaba la copa a  Reinaldo se enfureció. El Príncipe le  respondió que por complacer a Dios, nunca comería ni bebería nada de él. Saladino le preguntó entonces, ¿Príncipe Reinaldo, si yo fuera tu prisionero tal y como tu lo eres mío ahora, que harás conmigo? El Príncipe le replicó: “Con la ayuda de Dios, te cortaría la cabeza”. Saladino enfureció por la insolencia de la respuesta y le dijo: “eres mi prisionero y todavía me contestas con arrogancia”. Tomo entonces una espada y le empujó. Los mamelucos que estaban cerca corrieron hacia él y le cortaron la cabeza. Saladino tomó algo de sangre y roció su propia cabeza en reconocimiento de que había tomado venganza. Luego ordenó que la cabeza de Reinaldo  fuera llevada a Damasco, y allí fuera arrastrada por el suelo para mostrar a los musulmanes que los agravios del Príncipe habían sido vengados.[14]
(Ernoul)."


También Imad al-Din al-Isfahani[15], consejero del Salah al-Din recogía este episodio:

"Salah al-Din, invitó al rey a sentarse a su lado y, cuando entró Arnat, lo instaló cerca de su rey y le recordó sus fechorías: “¡Cuántas veces has jurado y luego has violado tus juramentos, cuántas veces has firmado acuerdos que no has respetado!” Arnat le mandó contestar al intérprete: “Todos los reyes se han comportado siempre así. No he hecho nada más de lo que hacen ellos.” Mientras tanto, Guido jadeaba de sed, cabeceaba como si estuviera borracho y su rostro traslucía un gran temor. Salah al-Din le dirigió palabras tranquilizadoras y mandó que trajeran agua helada que le ofreció. El rey bebió y luego le tendió el resto a Arnat que apagó la sed a su vez. El sultán le dijo entonces a Guido: “No me has pedido permiso antes de darle de beber. No estoy obligado, por tanto, a concederle la gracia. Tras haber pronunciado estas palabras, el sultán salió, montó a caballo y luego se alejó, dejando a los cautivos presa del terror. Supervisó el regreso de las tropas y luego volvió a su tienda. Una vez allí, mandó traer a Arnat, avanzó hacia él  con el sable en la mano y lo golpeó entre el cuello y el omóplato. Cuando Arnat cayó al suelo, le cortaron la cabeza y luego arrastraron su cuerpo por los pies ante el rey, que se echó a temblar. Al verlo tan impresionado, el sultán le dijo con tono tranquilizador: “Este hombre sólo ha muerto por su maldad y su perfidia.”[16]

Tanto el rey Guido como el   resto de prisioneros fueron tratados cortesmente, y la mayoría de ellos consiguieron salvar sus vidas. No corrieron la misma suerte templarios y hospitalarios.

Al parecer, Saladino, enorgullecido por la victoria infligida a los cruzados, ordenó que tanto templarios como hospitalarios fueran decapitados por unos sufíes egipcios que se encontraban en su campamento.  Desde luego el espectáculo debió de ser dantesco. Entre gritos de júbilo, risas y burlas de los soldados de Saladino, los sufíes intentaban decapitar a templarios y hospitalarios sin conseguirlo en el primer intento, repitiendo la acción   una y otra vez hasta conseguir separar las cabezas de los cuerpos.


 "La mañana del 17 de mayo rabi´II (6 de julio), el sultán hizo que trajeran ante él a los templarios y hospitalarios que habían sido capturados y dijo “Quiero purificar la tierra de estas dos órdenes inmundas, cuys prácticas carecen de utilidad, que no renunciarán nunca a su hostilidad y no darán ningún rendimiento como esclavos”. Asignó 50 dinares a cada hombre que hubiera hecho prisionero a uno, e inmediatamente el ejército hizo avanzar a dos centenares de ellos. El sultán decretó que debían ser decapitados, prefiriendo tenerlos muertos antes que en una prisión. Con él, había un nutrido grupo de ulemas y derviches y cierto número de ascetas; cada uno suplicó que se le permitiera matar a uno de ellos, y desenvainó su espada y se subió la manga[17].
(Imad al-Din al-Isfahani)."


Es de suponer que antes de la matanza, Saladino dio la oportunidad  a templarios y hospitalarios de conservar sus vidas a cambio de renunciar  a la fe cristiana. Ninguno de los templarios ni hospitalarios renegó de su fe. Tanto el rey Guido como el resto de nobles capturados fueron enviados a Damasco. Entre los templarios decapitados  se encontraban los comendadores frey Radulfo de Diceto y frey Nicolás Triveto[18]. Gerard de Ridefort, sin embargo, consiguió salvar su vida. 

El viernes 2 de octubre de 1187, Saladino entraba triunfante  en la ciudad de Jerusalén. 88 años después de que la ciudad santa fuera conquistada para la cristiandad, pasaba de nuevo a manos musulmanas.

Un año después de la batalla, el cronista árabe Ibn al-Altir, volvía a pasar por el campo de batalla.  A pesar del paso del tiempo, el lugar seguía sembrado con los restos y despojos del ejército cruzado.







[1]  Esta carta dirigida al maestre hospitalario de Italia, y en la cual se hace una pequeña descripción de los hechos ocurridos en Hattin debió de escribirse dos meses después de la derrota,ya que en ella no menciona la pérdida de Ascalon, el 4 de septiembre de 1187.

[2]  El cisterciense Ralph de Coggeshall,  perteneciente a la abadía de Coggeshall, en  Essex,  transcribió en su obra Anglicanum Chronicon , un importante documento por desgracia hoy  desaparecido con el título de De Terrae Sanctae Expugatione por Saladinum Libellus.

[3] El 30 de abril de 1187, haciendo uso de  la tregua pactada, Salah al- Din   enviaba un emisario a Raimundo de Trípoli       para que le permitiera hacer un incursión en la zona para así  intentar controlar a Reinaldo de Chatillon, quien haciendo caso omiso de la tregua,  había atacado varias caravanas que se dirigían a la Meca. Raimundo puso como condición que no hubiera ningún tipo de acción armada contra todo aquel que no fuera el de Chatillon y sus hombres. Al mismo tiempo, las mesnadas de Salah al-Din deberían de abandonar la zona antes del anochecer.  El viernes 1 de mayo, al amanecer,  las tropas musulmanas al mando de las cuales se encontraba Al-Afdal,  hijo del Sultan, comenzaban su incursión.

Por otro lado, Gerard de Ridefort, maestre del Temple, junto con el maestre del Hospital, Roger de Moulins, se encontraba el 30 de abril en el cercano castillo de la Fève. Los dos maestres formaban parte de una embajada que tenía como misión el parlamentar con el conde de Trípoli para intentar solucionar las guerras intestinas que sufría el bando cristiano.
Es de suponer que Raimundo avisaría a los dos maestres del paso pacífico de las tropas árabes cerca de Tiberíades, pero a pesar de que los musulmanes cumplieron lo pactado, fue totalmente imposible evitar el enfrentamiento armado. Gerard de Ridefort, tras enviar un mensajero a su mariscal, Jaques de Mailly, y reclutar algunas tropas auxiliares en la ciudad de Nazaret, se dirigió hacia la aldea de Seforia con la intención de atacar a los muslmanes. Este peqeuño ejército de apenas 500 hombres se encontró con las hustes musulmanas, formadas por cerca de 7000 hombres. El desastre fue total. Antes del anocher, los musulmanes pasaron bajo los muros de Tiberíades con las cabezas de los templarios decapitados clavadas en sus picas. Tan solo el maestre templario junto con dos caballeros más lograron escapar de la matanza.

[4] Amin Maalouf. Las Cruzadas vistas por los árabes. Ediciones Altaya. 1996. Pag 210.

[5]  La descripcción  de este cronista árabe de la batalla de Hattin es considerada como una de las  más  importantes, no sólo porque él estaba presente en Hattin, y tenía acceso a muchas otras fuentes musulmanas primaria que con el paso del tiempo se han perdido, sino porque es mucho más objetivo con respecto a los ayyubíes de Imad al-Din.

[6] http://www.cotizalia.com/el-observatorio-del-ie/violada-20091202.html

[7] Amin Maalouf. Las Cruzadas vistas por los árabes. Ediciones Altaya. 1996. Pag 211.

[8] Peter Edbury. La conquista de Jerusalén y la Tercera Cruzada. Aldeshot. Prensa Scolar. 1996.

[9] Ibídem.

[10] Amin Maalouf. Las Cruzadas vistas por los árabes. Ediciones Altaya. 1996. Pag 213.

[11] Peter Edbury. La conquista de Jerusalén y la Tercera Cruzada. Aldeshot. Prensa Scolar. 1996.

[12] Amin Maalouf. Las Cruzadas vistas por los árabes. Ediciones Altaya. 1996. Pag 214.

[13]Per Edbury. La conquista de Jerusalén y la Tercera Cruzada. Aldeshot. Prensa Scolar. 1996

[14] Ibídem.

[15] Muhammad ibn Hamed Isfahani, más conocido como Imad al-Din al-Isfahani, fue el secretario personal de Saladino. Este personaje, trabajó primero para el visir Ibn Hubayra, el cadí (juez principal) de Damasco , para  Kamal al-Din, entonces canciller de Nur Zengid ad-Din, y, finalmente, entró al servicio de Saladino (que era el sultán de Egipto en la época). Imad fue uno de los favoritos del sultán, y después de su muerte comenzó a escribir biografías laudatorias de Saladino, entre ellos el "Kitab al-Barq al-Shami" , hoy perdida, pero recuperada en parte  por Ali al-Bundari al-Isfahani como "Sana'l-Corteza de al-Shami" en 1225. 

[16] Amin Maalouf. Las Cruzadas vistas por los árabes. Ediciones Altaya. 1996. Pag 215.

[17] Rafael Alarcón Herrera. La maldición de los santos templarios. Robinbook. 2009.

[18]Mateo Bruguera. Historia General de la Religiosa y Militar Orden de los Caballeros del Temple. Ver también Rodríguez Campomanes. Dissertaciones Historicas del Orden y cavalleria de los templarios. Según Rafael Alarcón Herrera,  el secretario y canciller de Saladino, Imad al-Din al-Isfahani, narra en su crónica como los templarios  discutían y peleaban por ser los primeros en tener el honor de ser decapitados por su fe. Radulfo de Diceto y Nicolás Triveto fueron los primeros en alcanzar este honor, mientras  eran arengados por el resto de hermanos: “Templarios, muramos como los santos Macabeos, cantando nuestra fe con alegría por el cielo eterno que nos espera, a cambio de un pequeño instante de martirio (…) Sea nuestra sangre semilla de esperanza en el triunfo que nuestro Dios (…)  ha de concedernos un día sobre los paganos que infectan la Tierra Santa […] entreguemos nuestra alma por nuestra Señora y por el Templo. La maldición del los santos templarios. Robinbook. 2009.

No hay comentarios:

Publicar un comentario